Concepto de ecuánime

La palabra ecuánime deriva del latín “aequanimis” (ánimo igual o parejo) y se aplica a las personas que en sus decisiones no se dejan llevar por sus pasiones o estados de animosidad cambiantes.

Alguien ecuánime es equitativo, término que le es sinónimo, lo que implica que al aplicar la justicia en el caso específico de que se trate da a cada cuál lo que estima que le corresponde basándose en datos objetivos. Por ejemplo en el caso del Juez, su fallo será ecuánime si lo hace teniendo en cuenta los hechos y el derecho aplicable, y no su parcial visión del tema, aunque se le permita resolver según su entender si no existen basamentos legales para resolver la cuestión, pero ese entendimiento no debe estar viciado por su propia subjetividad y emotividad.

Si bien su ámbito de aplicación es especialmente referido al Juez que es quien toma decisiones trascendentes con respecto a la resolución de conflictos o a la concesión de derechos, la ecuanimidad puede aplicarse a todo aquel que deba resolver o tratar temas que requieran una valoración y apreciación que deba tenerse como justa. Así pueden o no ser ecuánimes los padres, los amigos, los docentes, los sacerdotes, los funcionarios públicos, etcétera.

Para los antiguos griegos, sobre todo los filósofos Platón y Aristóteles, solo los sabios podían gozar de la cualidad de ser ecuánimes, pues por su conocimiento podían valorar en cada situación lo que correspondía hacer. Equiparaban la ecuanimidad a la prudencia.

Son antónimos de ecuanimidad; arbitrariedad, injusticia, desequilibrio y subjetividad.