Concepto de demonio

La palabra demonio se originó en el vocablo griego δαίμων “daímon”, pasando al latín como “daemonium” designando a ciertas divinidades menores o genios, no calificadas moralmente ni como malas ni como buenas, con función terrenal, como las ninfas o los sátiros, que en esta época no tenían un significado negativo sino que eran quienes protegían al ganado; o con misión mensajera, como Eros que era el del amor. Para Hesíodo eran las almas de quienes ya estaban muertos, y que se encargaban del cuidado de los vivos. Platón los nombra como inspiradores de su maestro Sócrates, a quien habrían conferido su inmensa sabiduría.

Concepto de demonio

Fue recién en la Grecia helénica donde se comenzó a dar al término una valoración negativa, y así se usó en las religiones mesopotámicas, como el caso de los caldeos, que llamaban demonios o Shedu, a sus divinidades malignas; y en las judeo-cristianas.

La creencia en estas fuerzas malignas, llevó a los pueblos que en ellas creían, a brindarles sacrificios, para calmar su furia, que era capaz de provocar daños materiales y enfermedades.

Para el cristianismo demonio es sinónimo del diablo, de Satanás o de Lucifer. Un ángel caído, llamándose en ocasiones a Satanás como el jefe de todas las fuerzas demoníacas.

La lucha entre los demonios malignos y las fuerzas del bien están expresadas en varios pasajes bíblicos referidos a Cristo, que logra expulsar a los demonios, causantes de dolencias físicas, según se relata en el Evangelio de San Mateo, quien también cuenta la tentación de Cristo por parte del demonio, en varias ocasiones: en el desierto, donde lo conminó a convertir piedras en pan, a arrojarse del templo de Jerusalén para que lo rescataran sus ángeles, y ofreciéndole todas las riquezas mundanas, que Él rechazó.

Actualmente usamos, además, la palabra demonio como una expresión de disgusto, como cuando decimos ¿Quién demonios hizo este desastre en mi casa? o “Este chico es un demonio, no se queda quieto y rompe todo lo que toca”.