Concepto de anacoreta

La palabra anacoreta es de origen griego. Procede de ἀναχωρητής, término que se integra por ἀνα (que indica una posición en altura) y χωρέω (espacio). Pasó al latín como “anachoreta”, para designar a aquel religioso que se aparta del mundo material, retirándose a vivir en un lugar apartado, alejado de las comodidades mundanas, para dedicarse a la oración, al cultivo del espíritu y a la vida contemplativa. Del latín la tomó el español.

Si bien hubo anacoretas entre los judíos, proliferaron durante el cristianismo, eligiendo esa vida, como modo de escapar de las persecuciones a los que los sometieron los emperadores romanos en los tres primeros siglos de nuestra era, y encontrando un modo de cumplir con los preceptos de Cristo, de llevar una vida alejada de lujos y frivolidades. Cesadas las persecuciones, y adoptado el cristianismo por la Roma del siglo IV, siguió habiendo anacoretas que adoptaban la espiritualidad monástica como modo de servir a Dios, haciendo la caridad y alabando al Señor. Fueron los desiertos de Egipto y Siria, los elegidos por los anacoretas para su forma solitaria y religiosa de vida.

El primer anacoreta de que se tiene registro fue Pablo el egipcio, apodado el ermitaño, de cuya vida nos da cuenta San Jerónimo (340-420) que se dedicó a realizar exégesis bíblica, quien nos relata que Pablo, fue un egipcio de una rica familia que lo dejó todo, para escapar de la persecución del emperador romano Decio, y se dirigió al desierto, contando la leyenda que subsistió allí, merced a un cuervo que le traía pan.

San Antonio abad (251-356) cuya vida nos llega por la obra de San Atanasio, que nos cuenta que, a los 20 años, este hombre santo, egipcio, abandonó su vida en el pueblo de Comas, donó sus bienes, y se marchó a vivir en una cueva en el desierto, donde resistió las tentaciones del demonio. Tuvo muchos discípulos, iniciando la tradición monacal en el cristianismo. San Jerónimo, al relatar la vida de Pablo el ermitaño, también menciona a San Antonio, contando que el mismo cuervo que alimentaba a pablo, se ocupó de darle a Antonio el doble de pan. A la muerte de Pablo, habría sido Antonio, el encargado de enterrarlo, con la ayuda de algunos animales.

Si bien los anacoretas fueron reduciendo su número, concentrándose en monasterios, los anacoretas individuales no desaparecieron. Podemos dar como ejemplo, al explorador francés, misionero y sacerdote católico, Carlos de Foucauld (1858-1916) que es considerado un representante de la “espiritualidad del desierto” de nuestro tiempo; ya que renunció a sus bienes y se retiró a la vida contemplativa en el Sahara argelino.