Concepto de apelativo

La palabra apelativo, se originó en el latín, “appellatīvus” y se traduce como lo que tiene relación con el apellido. En la Antigua Roma, los ciudadanos, tenían un nombre personal, elegido para cada uno de ellos, lo que hoy llamamos, nombre de pila, que era el “praenomen”, a lo que se agregaba, el nombre familiar, equivalente a nuestro apellido, conocido como “nomen”; y el “cognomen” o segundo apellido, que, originariamente era, frecuentemente, un apodo; asociado, en general, a una cualidad o defecto físico de un antepasado familiar, que luego se fue transmitiendo por herencia. Algunos, también merecían un “agnomen” o “cognomen ex virtute”, por algún mérito o hazaña particular, como el caso de Publio Cornelio Escipión Africano, que recibió el “agnomen” de “Africano”, por haber logrado vencer a los cartagineses en la Segunda Guerra Púnica. En este caso no se heredaba.

Los reyes, solían tener uno o dos apelativos, desde la Edad Media, por ejemplo, Fernando III, el Santo (1199-1252), Alfonso X el Sabio (1221-1284) o Isabel la Católica, que obtuvo ese título, al igual que Fernando, su marido, del Papa Alejandro VI, concedido por la bula “Si convenit”, en diciembre de 1496.

De ahí, el término fue extendiendo su campo de aplicación, para hacer referencia, a cualquier nombre que se adjudica a alguien, que sea distinto al que le fue asignado al nacer, o que figura en su identificación personal. Aunque el apelativo puede escogerse libremente, suele derivarse de alguna característica física, actitud, obra o procedencia de la persona, o ser una derivación o abreviación, de su propio nombre. Por ejemplo, el apelativo del novelista y soldado español, Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616) era “El manco de Lepanto”, pues perdió la movilidad de su mano izquierda al combatir en la Batalla de Lepanto, y también “El Príncipe de los Ingenios”, por su maravillosa creatividad.

A quienes se llaman José, suele nombrárselos como Pepe, pues procede de las iniciales, de cómo se lo nombra, en latín a San José, “Padre Putativus” (P.P.) de Cristo.

Por otro lado, en Literatura, un texto apelativo, del verbo apelar, originado en el latín “appelare”, en el sentido de dirigirse a alguien; es aquel que pretende influir sobre el receptor del mensaje, para que haga o no hago, algo. Por eso, su finalidad es persuasiva. Para ello se utilizan oraciones interrogativas, exhortativas, adjetivos calificativos, vocativos, etcétera. Por ejemplo: ¿Cumpliste con tu tarea?, ¿Abre la ventana! Puede tratarse también de consejos o sugerencias: ¿No crees que te convendría levantarte más temprano? Son muy frecuentes en las publicidades y propagandas, en las solicitudes de empleo, en las recetas de cocina o cualquier tipo de manual de instrucciones, en las consignas, etcétera.

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