Concepto de cacofonía

La palabra cacofonía es un cultismo, que procede del vocablo griego κακοφωνία (léase “kakophonía”). Se integra con el término κακός (léase “kakós”), que puede traducirse como “desagradable”, “negativo” o “malo”, y φωνή (lease “phoné”) en el sentido de “sonido” o “voz”. El sufijo “ia” es creador de sustantivos que expresan una cualidad.

La cacofonía es la desagradable sensación que se advierte cuando por obra de un vicio lingüístico, los sonidos en una frase, resultan disonantes o carentes de armonía en su combinación, aunque sintácticamente estén construidas de modo correcto. Su opuesto es la eufonía, que representa un modo de expresión agradable y de buen gusto, en su sonoridad.
Al escribir, debemos prestar atención a este defecto frecuente, pues puede hacer que nuestro trabajo de redacción, tenga un contenido excelente, pero resulte defectuoso en su sonoridad.

Al leer un texto en voz alta, que nos resulte portador de cacofonías, por su difícil pronunciación o por ser redundante, lo ideal es reemplazar alguna de las palabras, por otras sinónimas, que resulten estéticamente más apropiadas. Para ello, es bueno, tener un vocabulario rico, o, en su defecto, recurrir a un diccionario.

Las cacofonías se producen por repetición de palabras de modo innecesario en una frase, con sonidos parecidos o idénticos, por ejemplo: “Tengo una obsesión por encontrar una solución a mi devoción por mantener mi reputación intachable”, “El delincuente cometió el delito a plena luz del día” o “A través de un comentario, comentó sobre el tema en cuestión”. También ocurre cuando la vocal con la que termina la palabra de la frase, es la misma con la que empieza la siguiente, por ejemplo: “Compro objetos” o “Consiga agua adecuada”.

Son empleadas a veces las repeticiones, adrede, para resaltar una idea, mostrando su importancia o tratando de persuadir; por los humoristas, para expresar frases deliberadamente absurdas; también en los trabalenguas, para que los niños practiquen la pronunciación de palabras de similar pronunciación; en las poesías, para respetar la rima, o, como en el caso de Francisco de Quevedo, para ridiculizar. En estos casos, resultan ser positivas.