Concepto de destino

El vocablo destino proviene etimológicamente del latín “destinare” que se traduce como hacer puntería o dirigir o señalar hacia un objeto, que sería una meta, o sea para el logro de una finalidad. En este sentido se emplea el término destino, cuando decimos “el destino de mis ahorros es comprar una vivienda” o “el destino de mi vida es constituir una familia y ser feliz”, o "el tren tiene a París como lugar de destino".

También era sinónimo de “hado” voluntad divina que predeterminaba lo que iba a ocurrir. Los griegos lo llamaron “moira” y los romanos “fortuna”. Así contra la mala o buena suerte nada podía hacerse.

El destino es una fuerza natural e inexplicable racionalmente, que conduce las acciones humanas y los hechos naturales, fatal e inexorablemente hacia un propósito, el que la voluntad no puede evitar. En Teología el destino responde a un plan trazado por Dios, pero atenuado en la tradición judeo-cristiana por la posibilidad del ejercicio del libre albedrío. De lo contrario no podría haber acciones buenas o malas.

El determinismo es superado en la modernidad por filósofos como Fichte (1762-1814) idealista alemán, que luego de enrolarse como determinista, dice la realidad es obra del pensamiento humano, que posibilita la libertad actuar contra esa fuerza que predetermina el futuro. El hombre nace con un yo predeterminado, un “Yo” irracional, pero también posee un “Yo” racional, que lo hace libre, respetando las libertades de los otros, hacia el fin del hombre que debe ser sobre todo moral, y libre de irracionalidad, aunque esto es muy difícil ya que cada uno tiende a apropiarse de la libertad ajena en busca de su destino, uno de cuyos máximos exponentes de materialización de esa apropiación de libertad es el Estado, al que Fichte pretende suprimir.