Concepto de prejuicio

La palabra prejuicio, reconoce su origen etimológico en el vocablo latino “praejudicium” aludiendo a lo que origina una conclusión o una afirmación sobre algo sin haberse reunido las pruebas suficientes que lo convalidan.

La falta de argumentos sólidos para sostener lo que se expresa o piensa es lo que caracteriza a un prejuicio, que puede basarse o conducir a un estereotipo (donde se califica del mismo a todos los que integran ese grupo) o ser producto de elaboraciones de nivel individual, aunque en general tienen una profunda carga social.

Son, salvo excepciones, apreciaciones negativas sobre un sujeto, hecho u objeto. Se basan en la ignorancia, en anteriores experiencias, en comentarios de otros, o en el deseo de sentirse superior, por ejemplo, en el primer caso, cuando se dice “el arte abstracto es horrible” es porque no se lo entiende (para no ser un prejuicio debe conocerse de arte).

En cuanto a los que se dirigen a otros seres humanos pueden ser motivados por razones de sexo, de religión, de raza, de ideología, de edad, etcétera, aplicándose al caso, frases hechas sin analizarlas, o si se lo hace a conciencia, puede ser con el fin de rebajar al otro en su autoestima o en la consideración de los demás. Si es un prejuicio positivo, tampoco es bueno, ya que realzar a algo o a alguien sin motivo, no es tampoco correcto ni justo con respecto a ese sujeto u objeto, ni a los demás.

Los prejuicios pueden dar lugar a actitudes discriminatorias, de exclusión, y de violencia verbal y física.

El psicólogo John Dollard, estudió en 1937 la situación de los negros en el sur de Estados Unidos, viendo que los prejuicios contra ellos, nacía de que los blancos no querían renunciar a su posición de privilegio, pues reconocer la igualdad de los otros iría en contra de sus propios intereses. Esto conduce a buscar otro motivo para el prejuicio, el miedo a perder las conquistas, si el grupo menospreciado deja de serlo. Este autor buscó el origen de los prejuicios desde el punto de vista psicológico, y los halló en las frustraciones infantiles del propio individuo que prejuzga, que le genera agresión, que la canaliza en el exterior de su grupo, al no poder hacerlo allí.

Por su parte, Theodor Adorno, en 1950, basó el prejuicio del racismo en un tipo de personalidad, la autoritaria, forjada por una educación demasiado estricta, que no acepta nada que sea diferente de lo que él concibe, como producto de su proceso de socialización, como bueno o positivo.