Concepto de hilaridad

Del griego “hilaros” que se traduce como “alegre”, fue tomado el término por el latín, como “hilaritas” y de allí llegó al español, siempre con el sentido de buen humor y regocijo, sensación que se percibe interiormente cuando alguien está satisfecho, pleno, divertido y siente felicidad, lo que se expresa de varias maneras: riendo, cantando, saltando, aplaudiendo, etcétera.

Ejemplos: “El tropiezo del joven actor, en el escenario, provocó hilaridad en los espectadores”, “Intentó disimular su hilaridad, pero ver a su prepotente jefe en aprietos, lo inundó de gozo”, "Pon un poco hilaridad a esta reunión, para despertar el interés de los presentes" o “El político hizo una declaración tan poco seria, que la hilaridad se apoderó de los ciudadanos que lo escuchaban, pues parecía una broma, y todos comenzaron a silbar y a aplaudir, burlonamente”.

La expresión más elocuente de la hilaridad, es la risa, que produce un gran beneficio en las personas, no solo psíquico sino también físico, usándose el humor, que despierta la risa, como terapia, para aliviar situaciones de angustia, depresión, estrés; pero también sirve para generar ciertos beneficios orgánicos, ya que mejora el sistema inmunológico, la circulación sanguínea, la capacidad respiratoria, el metabolismo, y estabiliza la presión arterial; siendo un elemento que ayuda en la prevención y en la recuperación de casi todas las enfermedades, incluso en las graves, como el cáncer.

La hilaridad terapéutica, es especialmente empleada, en caso de niños internados, aunque es beneficioso también en adultos. Puede generarse hilaridad a través de videos y películas graciosas, títeres, chistes, mimos, payasos, etcétera.

Existe una expresión popular, cuando alguien se ríe demasiado que es “morí de risa”, y entonces, cabe preguntarse, si esto puede ser posible, y la respuesta es afirmativa, aunque no es lo habitual.

En Grecia, se cuenta que el adivino Calcante, en el siglo XII a. C, murió de un ataque de risa, al sentir hilaridad, cuando creyó que su rival, se había equivocado al haberle profetizado que no podría beber su vino, y él lo invitó a compartirlo. Sin embargo, al intentar beberlo, la risa lo ahogó, y falleció por asfixia.

Mucho más cercano en el tiempo, podemos citar al poeta cubano Julián del Casal (1863-1893) que murió de un aneurisma, provocado por un ataque de risa, luego de que uno de los invitados a la cena en la que participara contó un chiste, que le causó mucha hilaridad.