Concepto de perfume

El vocablo perfume se remonta en su etimología al latín, estando formada la palabra por el término “per” que significa por y “fumare” cuyo equivalente en castellano es “producir humo”. Se hacía con ello referencia al aroma que se generaba al quemarse ciertas sustancias, como incienso o sándalo; y se usó antiguamente en las ceremonias religiosas, en muchos casos para esconder el mal olor que provenía de los animales sacrificados en los ritos. Los hebreos también usaron perfumes en sus ceremonias sagradas. Muchos pueblos, como sumerios, egipcios, griegos y romanos usaron también ciertas sustancias con olores atractivos para hacer más grato su hogar; o seductor su cuerpo. La Edad Media, rechazó su uso, siguiendo los rígidos cánones impuestos por la iglesia cristiana, que rechazaba la frivolidad, aunque en Francia en el siglo XII hubo importantes avances sobre este tema como se expondrá en el próximo párrafo. Resurgió su uso con los comienzos de la modernidad y con los nuevos conceptos del sentido de la vida impuestos por el Humanismo.

El perfume produce al sentido del olfato una agradable sensación y se forma artificialmente, dando lugar a una gran industria, con una esencia integrada en general por la combinación de varias sustancias aromáticas, especialmente flores, diluidas por ejemplo en alcohol etílico y mantenidas por un fijador. El disolvente se va evaporando al contacto con el calor del cuerpo. Los perfumes franceses son los más cotizados y reconocidos en el mundo. En este país la industria del perfume se desarrolló con gran intensidad a partir de la era napoleónica, aunque los perfumistas como profesión ya fueron reconocidos a partir de 1190, cuando el rey francés Felipe II les concedió su estatuto propio. Los hay para hombres, mujeres y niños, para prendas de vestir, o para el hogar, y con aromas suaves y fuertes, de acuerdo a la personalidad de quien los use, dependiendo también su intensidad, de su concentración.