Concepto de impecable

La palabra impecable, procede, etimológicamente, del latín “impeccabilis” aludiendo a aquello carente de pecados, tachas, errores, defectos o impurezas. Lo impecable no necesita ninguna reparación, modificación o arreglo, pues está perfecto e inmaculado.

Por supuesto, que la carencia total de defectos, es casi imposible de lograr en el mundo terreno (el filósofo griego Platón, solo consideraba existente el rasgo de impecable en el mundo de las ideas y en las religiones, es atributo exclusivo de Dios) pero suele asignarse ese calificativo, a aquello que nos conforma totalmente, nos deleita y satisface, así como está, sin necesitar de modificarlo, o ansiar que cambie.

Puede estar referido a cosas, sentimientos, acciones, o sucesos humanos o naturales. Por ejemplo: “Has cuidado muy bien el libro que te presté, pues con gran alegría comprobé que me lo devolviste en impecable estado”, “Mi madre me confeccionó un vestido que me quedó impecable”, “Mi padre lavó los platos luego de cenar y los dejó impecables”, “Mi amor hacia mi familia se mantendrá impecable, durante toda mi vida”, “Realizó una campaña de ventas impecable, y todos la elogiaron”, “Su conducta como empleado es impecable, ya que es leal, comprometido, puntual, solidario y responsable”, “Hoy hace un impecable día de sol, sin nada de viento, y con temperatura primaveral”.

Es una cualidad subjetiva, pues puede depender del grado de perfeccionismo en que se sitúe el juzgador, o de su gusto: “Para mí este plato está impecablemente preparado, pero mi padre dice que le hubiera gustado con menos sal”, “El día está impecable; sin embargo mi tía lo hubiera preferido un poco más fresco”, “Me limpiaron el automóvil y volví a mi casa contento, a mostrarle a mi esposa lo lindo que había quedado, pero ella le descubrió una pequeña mancha y por eso consideró que no lo habían dejado impecable” o “Yo creo que soy impecable como yerno, pero mi suegra no opina lo mismo”.

Tratar de ser impecables, en nuestros actos, puede resultar un esfuerzo enorme, y convertirnos en obsesivos. Siempre es bueno tratar de mejorar, pero, también, perdonarnos nuestros errores, pues, como humanos, los cometeremos. Pretender de los demás que sean impecables, también puede ser frustrante y poco empático. Reconocer que no somos impecables, pero que eso no nos hace malas personas, sino que debemos aprender de nuestros errores, nos hará seres resilientes y felices.