Concepto de ecuánime

La palabra ecuánime deriva del latín “aequanimis” (ánimo igual o parejo) y se aplica a las personas que en sus decisiones no se dejan llevar por sus pasiones o estados de animosidad cambiantes, sino que actúan de modo sabio, prudente, equilibrado y objetivo, sabiendo poner freno a sus pasiones, impidiendo que dañen su juicio.

Alguien ecuánime es equitativo, término que le es sinónimo, lo que implica que al aplicar la justicia en el caso específico de que se trate, da a cada cuál lo que estima que le corresponde basándose en datos objetivos. Por ejemplo en el caso del Juez, su fallo será ecuánime si lo hace teniendo en cuenta los hechos y el Derecho aplicable, y no su parcial visión del tema, aunque se le permita resolver según su entender si no existen basamentos legales para resolver la cuestión, pero ese entendimiento no debe estar viciado por su propia subjetividad y emotividad.

Para los antiguos griegos, sobre todo los filósofos Platón y Aristóteles, solo los sabios podían gozar de la cualidad de ser ecuánimes, pues por su conocimiento podían valorar en cada situación lo que correspondía hacer. Equiparaban la ecuanimidad a la prudencia. La ecuanimidad es una virtud muy apreciada por las religiones y por la filosofía estoica. Por ejemplo, el emperador romano, Marco Aurelio, que practicaba el estoicismo, en su obra «Meditaciones» hace un culto de la austeridad, del perdón al adversario, del equilibrio en las decisiones y la paz espiritual.

Buda, padre del budismo, dijo que una mente ecuánime carece de mala voluntad y hostilidad, siendo exaltada e inconmensurable.

Si bien su ámbito de aplicación es especialmente referido al Juez que es quien toma decisiones trascendentes con respecto a la resolución de conflictos o a la concesión de derechos, la ecuanimidad puede aplicarse a todo aquel que deba resolver o tratar temas que requieran una valoración y apreciación que deba tenerse como justa. Así pueden o no ser ecuánimes los padres, los amigos, los docentes, los sacerdotes, los funcionarios públicos, etcétera.

Son antónimos de ecuanimidad; arbitrariedad, injusticia, desequilibrio y subjetividad. Ejemplos: «El profesor fue arbitrario al calificar al alumnado, distó de ser ecuánime, pues solo tuvo en cuenta la actitud de algunos discípulos condescendientes para aprobarlos, y reprobó a aquellos que cuestionaron sus prácticas pedagógicas obsoletas» o «Mi hermano tuvo una actitud ecuánime cuando perdonó a su agresor teniendo en cuenta que él le había dado motivos para su enfado».

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