Concepto de temor

La palabra temor procede en su etimología del latín “timere” que significa temer, a su vez derivado del griego “déima” que designaba algo que provocaba espanto. Se usa cotidianamente como sinónimo de miedo, aunque este último término se asocia más con un riesgo o amenaza que se siente como actual, sea este riesgo real o no; mientras que en el temor la consecuencia no deseada aparece proyectada hacia el futuro. Por ejemplo se tiene miedo de una enfermedad que se cree estar padeciendo o de una persona que nos asusta de repente, y sentimos temor por ejemplo de la furia divina que caerá luego sobre nosotros si pecamos. Ejemplo: “Siento miedo mientras rindo el examen y temor por la nota que sacaré”. Otra distinción que suele hacerse es que el temor procede de una amenaza real mientras el miedo puede ser obra de nuestra propia imaginación. Como dijimos en la práctica los usamos en forma indistinta, sin detenerlos a pensar si el mal que nos acecha es actual o futuro o si es real o creado por nosotros mismos.

Tanto el miedo como el temor nos protegen de daños y nos mantienen alertas pero también cuando se presentan con frecuencia y muchas veces de modo inmotivado pueden significar un enorme problema en nuestras vidas causándonos mucho estrés, angustia y llegando a enfermarnos. El que vive temeroso no logra disfrutar de la vida, jamás se relaja y está en una situación anímica de constante zozobra.

En la religión judía y en la cristiana aparece el temor hacia Dios como una virtud que aleja al hombre del pecado (temor filial o sea de hijo hacia el padre celestial) y por otro lado el temor servil que impide el pecado por evitar el castigo. Este temor solo es considerado bueno si además de hacerlo para evitar las consecuencias, se siente que es un deber cumplir las leyes de Dios para satisfacerlo y no alejarse del camino correcto.

En el Derecho Canónico se conoce como temor reverencial el que siente el contrayente que consiente en su matrimonio no por obra de su libre voluntad sino por el temor grave que le infunde alguien que lo obliga a casarse, como puede ser un progenitor. En este caso el matrimonio resulta inválido.