Concepto de arrogante

Arrogante es un adjetivo, que se originado en el vocablo latino “arrogantis”, adjetivación del verbo “arrogare” que se compone de los siguientes términos: el prefijo “ad” preposición que significa “hacia” y el verbo “rogare” en el sentido de “rogar”, que puede traducirse como reclamar, en este caso. Literalmente podemos decir que un arrogante es aquel que se atribuye dones y cualidades.

Arrogante posee varios sinónimos: petulante, soberbio, vanidoso, engreído, altivo, jactancioso, entre otros, todos con connotación negativa, condenado por los valores éticos y religiosos.

Ser arrogante es creerse un ser dotado de cualidades especiales, que lo diferencian positivamente del resto de sus semejantes, a los que trata con desdén y menosprecio, o, haciéndolos sentir, si los ayuda o les concede la gracia de su supuesta amistad, que lo hace desde un rol de superioridad.

Se considera poseedor de privilegios exclusivos por su especial condición, y no intenta disimular que es alguien por encima de los demás, apoyándose en falsas creencias sobre el origen de esa prioridad: su belleza, su talento, su inteligencia, su cargo, etcétera, los que puede ser que posea, pero eso no le concede una diferencia esencial con respecto al resto de los humanos.

Ejemplos: “Mi jefe es muy arrogante, sus empleados sabemos que debemos respetar sus órdenes, pero las da con un tono tan despectivo, que más que sus dependientes, nos hace sentir sus súbditos”, “Julia ganó un concurso de belleza, y a partir de entonces, se tornó arrogante, y ya ni nos saluda” o “Mi primo es muy inteligente para las matemáticas, y se convirtió en famoso científico, pero al ser tan arrogante, no tiene amigos, pues maneja muy mal su inteligencia emocional”.

Para el psicoanalista Sigmund Freud, el arrogante tiene una personalidad narcisista. Quien la posee se siente “grandioso”.

La psicóloga nacionalizada en Estados Unidos, pero originaria de Alemania, considerada como neo freudiana, Karen Horney (1885-1952) consideró que el arrogante tiene una autoimagen desmesurada, y, por eso se atribuye derechos en relación a esa percepción subjetiva. Consideró que los niños, desarrollan un yo idealizado, como defensa ante al yo despreciado, que los adultos les hicieron sentir con su indiferencia; y por ello necesitan crear esa nueva imagen de sí mismos, tratando de ser lo que “deberían” para lograr la aprobación de los demás. Ante esta nueva imagen construida mentalmente, se niegan los defectos, y como ya se cree tenerlo todo, no se aspira a ideales auténticos, sino que se instala como una creencia falsa, pero que el individuo considera auténtica.