Concepto de bonsái

La palabra bonsái pertenece a la lengua japonesa, aunque el origen de la técnica es chino. En japonés, se escribe 盆栽, y se integra por el sustantivo “bon” que es un cuenco, bol o bandeja, y el verbo “sai” que se traduce como plantar. Literalmente, entonces, bonsái es plantar en un cuenco o maceta.

Un bonsái se elabora con arbustos y plantas, que se plantan en macetas pequeñas, y tienen un tamaño mucho más reducido que el que alcanzarían si crecieran de modo natural. Los tamaños son variables, ya que los hay en miniatura, que no sobrepasan los 5 centímetros, hasta llegar algunos, llamados Hachi-Uye, a medir más de 1,30 metros.

Hacer un bonsái es un arte que requiere paciencia y dedicación, ya que la planta va a recibir ciertos tratamientos para lograr el efecto deseado, cuyo fin es estético decorativo, religioso y símbolo de universo. Se realiza mediante podas periódicas, de pinzado o mantenimiento, del tronco y la raíz de la especie, que no ha sido genéticamente modificada; y dándole forma, en este caso, a través de podas drásticas. el cuidado también incluye, el alambrado de las ramas, la eliminación de ciertos brotes, etcétera. El trabajo es minucioso para que el vegetal logre sobrevivir. En general, se mantienen en el exterior, aunque pueden protegerse en invernaderos fríos, en casos de climas inhóspitos. El abono más conveniente es el orgánico, de consistencia sólida. El riego debe ser abundante, cuidando que el drenaje sea suficiente, siendo el agua de lluvia la más apropiada o el agua corriente con un reposo de un día, regado con regadera de agujeros finos.

Se debe elegir la maceta apropiada, que combine y armonice, con el árbol o planta seleccionada.

Cuando ya la tierra se agote, lo que ocurre aproximadamente a los dos años, hay que proceder a trasplantarlas.

Entre las plantas y árboles más elegidas para hacer bonsái, podemos nombrar a las azaleas, olivos, pinos silvestres, olmos, higuera y olivos.

La práctica, nació en China hace aproximadamente dos mil años, donde se la llamó penzai o penjing, siendo esculturas vivientes y paisajes en miniatura, y los monjes taoístas los tomaron como objeto de culto; siendo considerado como augurio de eternidad, poder conservar un árbol en una maceta, ya que requiere paciencia y esmero. Llegó a la cultura japonesa hace unos ochocientos años, considerados allí como representación del universo, por el budismo Zen.